Capítulo 3: Rusos

Yo llamo “rusos” a todos los que llegaron de nuestras tierras. Rusos, ucranianos, judíos, moldavos, rusos de Kazajistán que creen que son alemanes. Con el tiempo empecé a sentir una enorme diferencia entre nosotros y los rusos. Aquí, en tierra ajena, eso se percibe con especial crudeza. Estos últimos, en su mayoría, se distinguen por una estupidez extraordinaria y una ignorancia total. Me refiero concretamente a los “kozadeutsche”. Que no se ofendan; quizá mi crítica, no del todo infundada, les ayude a realizarse como personas.

El resto de los inmigrantes, en su mayoría, no logró nada en Alemania. Tal como fueron fracasados en su país de origen, así siguieron siéndolo aquí. Mantienen contacto con la patria únicamente para presumir ante sus antiguos compatriotas de su Mercedes, comprado con ayudas sociales del Estado alemán. Hablo de la mayoría.
El principal problema de los rusos en Alemania consiste en que se fueron de allí, pero nunca llegaron aquí. Se quedaron en los años noventa, en el momento en que abandonaron su país. Esto ocurrió porque no lograron integrarse. Primero, porque no querían. Segundo, porque los alemanes no contactan de buen grado con ellos, debido a la enorme diferencia en la comprensión de la vida y la muerte, es decir, del modo de pensar, del mentalidad. Quiero señalar que nuestra mentalidad es muchas veces más fuerte y viable. A esto volveremos más adelante.

Los rusos trabajan en negro, roban, intentan no pagar impuestos, y muchas veces lo logran. Pero al cabo de cinco años llega una carta del Finanzamt (la oficina de impuestos) con una pequeña multa de cinco mil euros. Después de eso dejan de robar y regresan al Hartz IV (ayuda social), donde se quedan hasta la vejez.
Por lo general no tienen educación, no conocen ni su propia historia ni la alemana. Su educación soviética aquí no interesa a nadie. Algunos médicos confirman sus diplomas con gran dificultad y terminan trabajando como médicos de cabecera, expidiendo bajas médicas falsas. Las mujeres rusas, por su parte, contraen de inmediato el virus del “feminismo radical” y empiezan a humillar a sus hombres, a dominarlos y a tratarlos con desprecio. A causa de este paradójico fenómeno social, muchas familias rusas se desintegran. En cambio, aquellas familias en las que la mujer siempre fue la jefa y el hombre sumiso, viven perfectamente en Alemania.

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